jueves, 30 de julio de 2015

Me sigo yendo

Todos queremos habitar mundos menos hostiles
y nos refugiamos,
presas del disgusto por todo,
en el punto cero,
entre lo que es y lo imposible.

Ninguno de nosotros es un cordero,
pero ¡qué bien nos queda ese traje!

Antes, solía mirar con cariño
todo cuánto me rodeaba y se movía.
Pero ahora, ya fue, estoy cansado.

Dejé el cariño para habitar
en el imperio magno de mi amada
y en el corazón nutrido de mi hijo;
me sacudí del resto, de todo el resto,
porque el resto no es más que eso, resto.

Construí una caja,
tamaño piscina olímpica,
con los cadáveres de mi pasado;

allí alojé los cumplidos
y palmaditas en la espalda,
lo que siempre se da
porque se creer que se está pidiendo.

Lejos de allí, ausente de todo,
empecé a escribir árboles
y a plantar hijos en los libros;
maté al hombre y parí al poeta.

Ahora me voy, y a pesar de todo,
me sigo yendo.

martes, 10 de febrero de 2015

Éramos



Aunque éramos de pétalos en común,
no éramos arcilla del mismo árbol;
ella solo habitaba en rutas sin destinos,
por donde yo nunca asenté suelas de viento.

No éramos puentes ni encrucijadas;
mas éramos temblor y quiebre;
y zanjas; y heridas; y hondos abismos
desangrando en interrogantes.

A veces éramos el revés de un pronombre;
y otras veces,
solo éramos el resonar de algunas palabras,
para olvidarnos hasta de nuestros nombres.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Esa mujer



Esa mujer, ¡ay, esa mujer!;
por largo tiempo me hizo creer,
que era suyo el poder
sobre el centro mi voluntad.
Pues, ¡claro!, algo tenía su sonrisa;
¿cómo iba a ser de otro modo, si no?
Yo dejaba lágrimas, sudor y vida,
solo porque me dejara verme
en el detrás de su mirada,
donde cada verbo ardía
al compás furioso de sus latidos.

Cadáver vanguardista

Mi reloj de pared miente. Me miente.
No necesito verificarlo, atrasa.
Lo intuyo de solo sentir
la muerte madurando en mis carnes.
Ella corre más rápido que las agujas.

Nací en un siglo para morir en otro,
solo para tener un cadáver vanguardista.

Mientras mi presente,
más liviano que el aliento del final,
mira con cierto desdén
las pesadas agujas del reloj,
yo sé que el tiempo es una mentira
con un espacio común a modo de fosa
para todos mis muertos.

Nací en un siglo para morir en otro,
solo para tener un cadáver vanguardista.

Soy el hastío



Mientras ese desahuciado intento
de astro titilante brilla allá arriba,
aquella triste y fascinante mariposa
de la noche
revolotea más en mis padecimientos,
que en los campos luminiscentes
del entendimiento.

Las calles,
inflamadas de vacíos peligrosos,
vomitan perros hambrientos
tras saturarse con la rabia del transeúnte.

Dos inmesas columnas
como abismo
se proyectan
desde una vagina enferma
que todo lo traga,
que todo lo olvida.

Yo, desde la distancia más próxima,
soy el hastío en hervidero
dentro del ser
que observa con indiferencia a la muerte.

Ya ni sé

Si lo único roto entre nosotros
hubiera sido un puente...
Pero, bien sabemos los dos
que hay acantilados
que se miran de frente,
abismo de por medio, ¿no?.
Y no es que hayamos sido diferentes,
no; es más bien, que llegamos tarde
a reconocernos como semejantes.
Tú tan allá y yo tan acá, que ya ni sé.

Como enjambre de labios



Y aunque me hubiese resistido todo lo imposible,
siempre terminaba besando sus pasos.
Pero, ¿cómo no hacerlo -me digo ahora-,
si sus pies eran como gotitas de luna y plata?

Ella volaba como mis vecinas y amigas caminaban,
o sea, con esa liviandad de nube de azúcar,
o como besos de miel de estrellas en colmena,
como enjambre de labios en primavera,
como manadas de soles sempiternos,
o como mariposas de la noche en un farol.

Y así, ¿cómo no besar hasta el barro
de su indiferencia de lluvias juguetonas,
si cada vez que llegaba hasta mí,
me dejaba lleno hasta los frutos del agua?

Ella llegaba y dejaba que sus tormentas
inundarán todos los ríos de mis deseos,
como si sus raíces fueran manos
estrechando los hilos de mi triste corazón.

Pero así como llegaba, también se iba
y me dejaba tendido en un cielo tan gris,
que hasta las golondrinas de la alegría
se marchaban en busca de otros cielos.

Y así me quedaba yo, allí, como domingo
parado a las puertas de todos los incendios,
como huérfano de todas las palabras bellas,
que había ella sembrado alguna vez,
en los campos áridos de mis sueños.

En otros cielos



En mi jardín de nubes
florecen pájaros azules como poemas;
sus alas traen a mí recuerdos,
ahora que nos veo
cada vez más distantes.

Supe en tus labios de cielo
la palidez fría de la luna y las estrellas;
supe, al mirarnos desde lejos,
la pena honda de nuestra muerte.

Y te me vas; te me vas como me voy
a mirarnos en otros cielos,
en otros pájaros, en otros sueños.

Ayer que nos vi tan otros, supe
que en mi jardín de nubes
ya no florecerían más pájaros azules.

En cada gesto



Quienes nos vieron,
en verdad no nos vieron;
porque de vernos, en serio,
nadie nos habría conocido.

Mientras yo besaba
el aliento de tus formas,
tú te dabas en echar luz
entre las comisuras de mis labios.

Y así las noches y los días.
Así, rehaciéndonos en las miradas,
contemplándonos en cada gesto,
nos cultivábamos las alas.

Anulación de la ausencia

Desde que mi nido echa luz,
pájaros cielos han venido.

Besos como chispas a mis días,
como fulgores incandescentes
o como sueños encendidos,
en las hogueras de sus labios.

Hoy la he visto por vez primera,
y desde ahora, es lo único
que quiero seguir viendo.

Contemplación del instante,
su sonrisa dejando huellas en mí,
para encontrarla cada mañana,
cuando mis ansias esgriman su nombre.

Anulación de la ausencia, su presencia.

Totalidad que preña mis manos
en la conciencia de saberla cerca,
adentro, distante del universo,
y cada vez más azul entre mis alas.

El nacimiento del amor o mi renacimiento.

Cántaro desbordante de ilusiones,
como cuando desde lejos, el horizonte
traiga a mi pecho su hondo latido,
entre los rumores de las aguas de un río.

Tiendo un puente, de lado a lado,
con las semillas de mis nuevos pasos,
para atravesarlo y llegar hasta su orilla,
o para hacerme piedra alegre y viva,
entre sus saltos planetarios y sus labios.

Cuando la conocí

Y yo que quebraba sus lágrimas con una sonrisa de bolsillo sin fondo,
¿adónde voy a encontrar ahora una sonrisa de aquellas,
que me congele y quiebre la tristeza de un solo beso?

De donde vengo, la gratitud se paga en ocasiones hasta con la misma vida:
-¿Y de que vale la vida misma,
sin un gesto que todo lo rehaga?

Cuando la conocí, llevaba un vestido tan blanco como mi cerebro,
y unas ganas locas de inundar el cielo con sus penas;
pero tras mucho desandar mi propia angustia,
encontré en su mirada el poder para transformar a una flor muerta
en un paraíso lleno de manzanas para morder a gusto, entre sus senos.

Cuando se fue, volví a andar sobre alfombras bordadas de espinas,
con los bolsillos llenos nuevamente de sonrisas explosivas,
por si me daba de frente en los caminos
con otra niña semejante en calibre y precisión para el desastre.

Esa niña



La niña que dejó de tener un nombre,
solo para convertirse en el sarpullido de mis silencios,
y en el justo medio lleno de pus de su propia ausencia.

La que se marcha sin avisar, dejando todas sus cenizas
pegadas en las bolitas de algodón de mis sábanas,
como si fueran las heridas
que he de lucir en la próxima temporada.
La que se marcha y solo da unos pasos atrás,
para tatuarme en la cara un doble portazo.
La que me empaña los vidrios de la mirada,
nomas porque se le da la gana
de que la recuerde algo empapada.

La niña de los ojos color tristeza;
la que me desespera solo por vanidad;
la que no tiene pudor de sangre azul cielo;
la que vuelve a casa después de andar en nada
y me pregunta que qué hago ahí todavía,
sentado como sin más, sin haber salido acaso a buscarla
(tal vez para no encontrarla -me digo mordiéndome las palabras).

La niña con labios de flor de espinas y pétalos en el tallo;
la que me llueve encima solo para disimular las lágrimas;
la de los pasos semillas
que luego son sombras gigantes como de árboles;
la que me acaricia solo para afilar
sus puñales de reproches invaginados;
la que se queda en los antojos de mis amigos,
después de que me he ido;
la que no hace nada, sino es para perturbarme
hasta cuando estoy dormido;
la que no se calla,
cuando más necesito curar de sus palabras;
la que se reinventa cada día,
para que la puerta de casa
no se indigeste y la termine vomitando,
dejándome en el piso y al descuido
como a una botella vacía de su propia nada.

¡Ah, esa niña soberbia, pedante y engreída!,
que el día que realmente me falte,
tendré que venir a buscarla para besarla
en cada uno de estos poemas heridos.

Nostalgia premeditada

Usted que no me hace vivir
de las promesas falsas de quedarse,
lléveme prendido a su ojal empapado,
como diploma vivo de haber sido
ciudadana de honor entre mis nubes.
Usted que tiene pasaporte de viento,
no deje de llenar el cuenco de su vacío
con los vapores tibios mis recuerdos,
como si no estuviera entre sus dedos.

Su cinco estrellas

¡Vaya niña, aquella! Me entró por el rabillo del ojo, y en menos de una semana se hizo con todas mis plazas, convirtiéndome en su cinco estrellas personalizado.

Ni hablar de cuando se fue, sin dejar siquiera un beso de propina.

A mí, que cargué durante años con sus maletas de psicoanálisis en estado de neurosis obsesivas y explosivas. A mí, no me dejó ni una nota de despedida.

Pero, ¿qué puedo decir de ella, más que hacer la penosa descripción de lo que han sido todos mis rincones desde su partida?

Yo que vestía para ella mi corazón como a un salón para la epifanía de sus besos; que adornaba de sonrisas transparentes, los manteles y servilletas de mis penas; que dejaba relucientes los cubiertos y vajillas de mis ojos y manos con su reflejo... yo no puedo decir más nada, solo limitarme a expresar mis deseos de que se acuerde de mí, alguna vez, para una próxima temporada.

Final abierto



Caer no es caer, es la intuición misma de la muerte
en lo más próximo y cotidiano;
es saber que estrellar los labios contra sus besos
bien pudiera ser un suceso en su boca de historias con final abierto.

Amar no es amar -para mí-, sino el riesgo de perder mi porción de cielo,
en la inmensidad azul de su mirada que todo lo abarca; que todo lo incendia
con llamas surgidas desde los fondos mismos de mi propia existencia,
sin más efectos colaterales que los de perderme a mí mismo, sin más.

Esperar por ella, es saberse la ración de aire que desafila una navaja;
una gota para saciar la sed de los desiertos más hondos de la esperanza;
un deshacerse al ritmo de un cuentagotas estropeado por el tiempo;
un reloj de arena que gira sobre su eje tantas veces como una veleta;
es no vivir, creyendo que vivir es esa constante dentro del sufrimiento.

Pero sentirla, amigos, es remontarse en las olas en plena tormenta,
y descubrir que los golpes contra las rocas de un acantilado son nada,
cuando su sexo de amanecer acontece abierto sobre mi sexo en despunte;
cuando la calma se rompe en una flor de sentencia y mis nubes de semen
inaugura sobre su cuerpo de esponja, mi último diluvio como entrega.

Sonrisas en llamas



Mi sonrisa, destinada a tu vientre de mariposas,
bulle en el aire dispuesta a devorar tus noches,
y a hacer de tus labios sus propias alas de fuego.
La primavera en tus senos era un cántico de sal.

Nuestras formas se acoplaban bajo las sombras;
y el silencio quebrado al galope de los gemidos
era cual sinfonía templada al rigor de los vientos.
Tu sonrisa, fulgor de alas, era una flor en llamas.

Éramos sonrisas ardiendo, esperando por el día,
fundidos en abrazos más allá de nuestras pieles,
y un tanto más acá de todos nuestros conceptos.
Nuestra materia... era una con el universo vasto.

Esa chica



Esa chica puede ponerme a rodar
como bola de fuego en su billar de versos azules.
Ella practica las formas sensibles de la perfección,
y con tan solo uno de sus golpes certeros
pondría ponerme a botar sobre la cintura de Venus.


En ella, la desmesura adquiere un carácter divino,
aún cuando debajo de sus caderas
se abren las puertas del mismísimo infierno.
¿Y qué puede importarme perder una y mil veces,
si para mí la idea de cielo nació después de ella?

Así, ante sus labios se encienden mis hogueras
y ya no hay para mí reinos más celestes que sus ojos,
ni párpados tan quebrados por la luz del amanecer.
Las estrellas brillan en el firmamento de sus senos,
y mis dedos desdibujan el contorno de sus ansias.

Las imágenes clásicas se desmoronan a sus pies,
pues ella no es de las que se entrega a los malos poetas.
Para alcanzar sus labios con el primero de mis besos,
antes tuve que lloverle hasta por los costados,
y dejarle pétalos carmesí, por debajo de su almohada.

Esa chica es la noche concentrada en una gota de nada;
el origen de los cristales que germinan alrededor de mi cama;
la sed eterna que delimita la oscuridad en las miradas;
la vastedad, la proporción, la enésima puñalada.
Todo eso y más, durmiendo al costado de mis costillas.

No lo digo, sería injusto



Solo digo que me parece, solo eso. ¿Cómo podría saber yo, si la herida que dibujaba su taco aguja en mi pecho era tan honda como mis sentimientos por ella? No podría, nunca; solo digo que me parece, solo eso.

Y así, cada mañana, ella bajaba de su séptimo cielo y echaba a rodar su maquinaria del infierno por la boca, y hacía de mis desayunos una ensalada de insultos mezclados con vino o cerveza.


No digo que sus labios lucían menos bellos que cuando me dedicaba sus mejores palabras de pájaros azules ardiendo en llamas, tras salir de esa jaula de dientes afilados al calor de los reclamos y resentimientos. No lo digo, sería injusto.

Pero, ¿qué habría sido de mí, si esa hija del mismísimo demonio me hubiese faltado para incendiar cada noche, mi lecho de espinas y hielo? No, creo que en aquellos momentos, no estaba preparado para imaginarme sin ella.

Y lo peor de todo, es que ella lo sabía. Entonces, no dudaba ni un instante en usar su lengua de rastros lacerantes, para trazar los mapas y caminos que me arrastrasen hasta su cielo de caricias y besos. En fin, así era ella.

Al alba



Las tejas doradas de mi cielo
tenían solo su nombre.
Aquí las lluvias no mojaban;
los pájaros trinaban el azul;
y la noche era solo un vestido.
Bajo sus pechos, otros besos
eran más besos y no solo labios.
Sobre sus sombras, el aliento.
Fuego de claridad y melodías,
donde nuestras promesas callaban
en la voz de las sábanas al alba.

Excusas

Malditos sean tus puñales, mujer,
trazando en mi alma estos poemas.


Bendita sea la alquimia del dolor,
haciendo de tus gestos mis versos.

Maldito y bendito sea el día, mujer,
en que por fin pueda yo callarte.