Nunca hubo lluvia
que no inundara su mirada,
ni cuarto deshabilitado
por la desesperanza.
Así la conocí...
con sus párpados de lágrimas
y su voz de venir
de andar ahondando los infiernos.
Sus palabras
empapelaban de blanco a las mías,
cuando asistíamos
al festín de los silencios mutuos,
con un verbo de sangre
flotando en el espacio. Ella...
afilaba su sonrisa de navajas
en el péndulo pétreo de mis ansias.
martes, agosto 12, 2014
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